por Gabriela Milián Calzadilla
A veces, para avanzar, es preciso desandar el camino. Lo sabe el hombre; lo sabe el artista. En ese afán, De regreso a la aldea, la más reciente producción discográfica del compositor y pianista cubano Ernesto Oliva (Guantánamo, 1988), cristaliza una poética que entiende el retorno como sinónimo de movimiento. El ir y venir constante de un paisaje sonoro discurre entre patrones rítmicos, gestualidades interpretativas y modos de decir; entre estructuras formales tratadas con elegante acierto y una concepción camerística del repertorio. La aldea, más que un lugar, deviene en matriz desde la cual adquiere orden el discurso musical e irradia su influencia hacia otras geografías.
Concebido como audiovisual, De regreso a la aldea es resultado del trabajo colectivo. Aquí confluyen voluntades que conciben la creación también como un proceso de acompañamiento. En ese mapa de apoyos se inscribe el Fondo de Arte Joven (FAJ), plataforma cultural fundada en 2023 al calor de la 38a edición del Jazz Plaza, cuya Beca de Creación —otorgada a Ernesto Oliva en 2024— hizo viable la materialización del fonograma, que apostó por la validación de una tesis sonora cuyo núcleo figura en la expansión de los lenguajes y la responsabilidad del quehacer artístico. Esa apuesta encontró correlato en la alta factura de una producción grabada en vivo en los Estudios Abdala, espacio capaz de asumir, con solvencia técnica, la complejidad del desafío.
Al abrigo de la 41a edición del Festival Internacional Jazz Plaza y de la 21a edición de su Coloquio Internacional «Leonardo Acosta in Memoriam» el DVD De regreso a la aldea fue presentado el pasado 26 de enero en Fábrica de Arte Cubano, en un panel dedicado al intercambio sobre la creación musical contemporánea. El festival —espacio de convergencia donde el jazz amplía sus contornos estilísticos para dialogar con tradiciones, memorias y escrituras musicales diversas— ofreció el contexto propicio para situar la propuesta en un entramado mayor: el de las músicas que asumen su relación con lo autóctono sin renunciar a su vocación universal.





En ese cruce de caminos se coloca la obra de Oliva, cuyo catálogo sostiene la tensión que emana de su tierra natal y su formación académica, pilares esenciales de su creación. Su intervención permitió el acercamiento a las motivaciones y decisiones que nutren el proyecto, mientras las voces de Lorenzo Suárez, fundador y Asesor Estratégico el FAJ, y de los músicos Olivia Rodríguez (contrabajo) y Jesús Estrada (percusión), aportaron miradas complementarias desde la gestión cultural y la praxis interpretativa. Bajo la moderación de la musicóloga Neris González Bello —presidenta del Coloquio y de la casa discográfica Bis Music, cuyo sello acompaña esta entrega— el intercambio evidenció la importancia de mantener espacios de mediación donde la música se contextualiza, se problematiza y se registra como acto de socialización de un proceso creativo que enlaza pensamiento y experiencia.
La historia contada por sus protagonistas permitió comprender en este DVD la continuidad de Mi aldea (Egrem, 2020), primer fonograma de Ernesto Oliva concebido como un homenaje explícito a Guantánamo y a los universos que han modelado su imaginario musical. Si aquel trabajo partía de la escritura pianística para desplegarse en el formato de cuarteto, De regreso a la aldea se expande mediante la incorporación de un formato extendido que integra a la Camerata Romeu, agrupación emblemática del ámbito orquestal de la Isla, reconocida por su rigor interpretativo, bajo la dirección de la maestra Zenaida Romeu. La decisión respondió a una necesidad expresiva. La ampliación tímbrica propició la relectura de géneros tradicionales —changüí, nengón, kiribá—, articulados con procedimientos compositivos propios de la contemporaneidad y con una escritura de cuerdas que remite de manera directa a la música de concierto.
En las manos de Ernesto Oliva, el piano —históricamente ajeno a los territorios del Guaso— deja de ser un invitado de etiqueta para convertirse en cronista de la aldea. Sin imponer su peso concertante, actúa cual mediador que transcribe los patrones rítmicos del tres al teclado mediante una escritura atenta a la herencia. A esta narrativa se suma un set de percusión especialmente diseñado para reconstruir el paisaje sonoro guantanamero: texturas y acentos que evocan el pulso de la tierra y la memoria acústica del entorno. Dentro de esta trama, la Camerata Romeu no asume un rol secundario ni opera como «colchón armónico». La orquesta se involucra. Es, en sí misma, una gran masa expresiva que intenciona el relato musical. ¿La consecuencia?: un pensamiento que asume la hibridez como condición primera del ser cubano.
Los títulos que conforman De regreso a la aldea articulan un sistema de referencias que antecede y orienta la escucha. En ellos opera una manera muy específica de nombrar donde el habla cotidiana, la memoria de la región oriental y el ingenio activan emociones específicas, reconocibles desde la primera enunciación. Expresiones como Café changüiao, Sonengueao o Son del guateque sitúan la vivencia de los géneros como prácticas sociales. Otros títulos —Chipa’ e tren, Kiribañingo— condensan, desde su propia sonoridad, impulsos rítmicos y gestuales que remiten a cierta corporalidad de la música, más cercana al recuerdo sensorial que a la literalidad de su significado.
En un registro distinto, Pa’ Pastorita ¿un guarareaux?, inspirado en la obra homónima de Roberto Baute, introduce un juego de alusiones intertextuales, mientras Pa’ ti e Interludio…y tu lluvia desplazan el foco hacia una escritura íntima, sobrecogedora, como si se quisieran confesar los amores pretéritos, los presentes o los que están por venir. El recorrido finaliza con ¿Cañenga?, interrogación abierta que devuelve la música a su dimensión lúdica y participativa. Más que concluir el discurso, el título convoca al intercambio y mantiene en suspenso la respuesta, invitando a prolongar la experiencia sonora.



El estreno en concierto tuvo lugar el 31 de enero en la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís. La arquitectura del espacio —su piedra, su altura, su memoria— acogió un encuentro que avanzó sin prisa, guiado por la palabra del propio Ernesto Oliva, quien fue trazando, entre obra y obra, el mapa afectivo que dio origen al proyecto. Cada explicación, cada agradecimiento, cada recuerdo, estrechaba la distancia entre escena y audiencia, hasta convertir la escucha en un acto de complicidad.
Las doce piezas del álbum se desplegaron entonces de manera íntegra y allí el regreso asumió la forma de un gestoperformático: el público respondió, llamó, acompañó, se volvió participativo retomando el ánimo de la grabación original. La música recuperó su condición primigenia de acto social, de acontecimiento que ocurre entre cuerpos y no solo ante ellos.
Ese espíritu encontró una de sus imágenes más emotivas poco antes del cierre, con una miniatura que Ernesto suele introducir en sus presentaciones y que derivó de los ejercicios escritos para sus alumnos. El cencerrito —título de la obra— exige que alguien no iniciado en el arte del piano se atreva a subir al escenario para imitar, según las indicaciones del compositor, la rítmica del instrumento de percusión. Fidel Camilo Torres Fernández, el niño valiente que esa noche tocó para los presentes, encarnó la dimensión más honesta del gesto. La cercanía de ambos —despojada de toda espectacularidad— condensó el sentido profundo de la aldea; volver a ella es volver a casa. Y hacerlo desde la música implica abrirla para que otros entren, escuchen y —aunque sea por un instante— la reconozcan también como propia.