Por Gabriela Milián Calzadilla.
En un contexto donde los consumos culturales tienden a la homogeneización y la inmediatez, el Concurso Nacional de Música —iniciativa del Fondo de Arte Joven (FAJ) respaldada por UNICEF Cuba— apuesta por la ampliación del horizonte sensible y creativo de los adolescentes cubanos. Más que un certamen competitivo, el proyecto ha propiciado la conformación de un ecosistema en el que confluyen clases magistrales, sesiones de entrenamiento y procesos de mentoría liderados por figuras esenciales de la escena musical del país. A lo largo de sus dos ediciones, estudiantes de entre 12 y 18 años, procedentes de 13 provincias, encontraron un espacio para el aprendizaje desde la inclusión y el acompañamiento.
Por otro lado, las músicas populares han dejado de ser el apéndice de la academia para situarse como el norte de un mapa que se expande cada vez con mayor fuerza. En su centro se alinean la técnica y un conocimiento encarnado de las raíces sonoras capaz de reconocer la belleza tanto en el rigor de una partitura como en la libertad de una descarga. El pasado 1 de febrero, esa premisa tomó cuerpo en una nómina de jóvenes intérpretes con trayectorias académicas o autodidactas, las cuales revelaron un cambio de paradigma en la manera de cultivar, transmitir y pensar la música en la Isla.
La nueva generación fue el título del concierto celebrado en el marco de la 41a edición del Festival Internacional Jazz Plaza, protagonizado precisamente por ganadores de las dos primeras ediciones de este certamen. El azar —o quizás la propia urgencia del arte— obligó a un cambio de última hora: de la Sala Tito Junco del Centro Cultural Bertolt Brecht a la Sala Ignacio Cervantes, la cual, devenida en templo para estos «pequeños gigantes», paradójicamente se iluminó, mientras la ciudad se quedaba a oscuras. Con la dirección artística del multi-instrumentista de viento Janio Abreu —quien ha acompañado el Concurso desde sus inicios y cuya labor pedagógica es tan relevante como su virtuosismo—, y quien, además de tener a su cargo varios de los arreglos interpretados durante la velada, concibió una puesta en escena bajo la impronta de pensar los géneros cubanos y el jazz como campos de estudio con igual rigor, complejidad y legitimidad que la «música clásica».
El diseño del programa, acompañado por músicos de amplia trayectoria —Roldán Carballoso en el laúd, Adel González en la percusión y Pedro Pablo Gutiérrez en el contrabajo— eludió toda lógica de acumulación para situar una dramaturgia sutil, organizada en pausas, contrastes y giros emocionales. Three for two, de James Rae, abrió el concierto como un verdadero preludio: el quinteto de cuerdas integrado por las violinistas Eva Lorena Pérez y María del Pilar Pérez, el violista José Anthoni Ortiz, la cellista y ganadora María Karla Rifat y el maestro Pedro Pablo Gutiérrez, estableció desde el inicio el clima de escucha. De esa contención inicial, Vino y bicicleta —obra de Diego Abreu, uno de los ganadores del certamen— desplegó una melodía de gran delicadeza. La pieza, sostenida por una escritura de notable madurez pianística, confirmó que en esta nueva generación la edad, lejos de parecer límite estético se impone con la naturalidad de quien piensa la música desde la experiencia.
El programa avanzó alternando momentos de alta intensidad técnica con zonas de repliegue expresivo. En Alborada guajira, la interacción entre los jóvenes fue vital: los guitarristas Natalia Hernández y Armando Moreira —ambos ganadores del concurso— junto a Ihara María Rosales y José Eduardo Rodríguez en el tres, construyeron una complicidad que combinó destreza, precisión y energía, dejando en evidencia la soltura con la que Roldán enseña a sus alumnos.
Caribeña, del pianista Alejandro Falcón, en un arreglo para cuatro manos interpretado por Esteban Hernández y Álvaro Pérez, ofreció el contraste tímbrico y expresivo. El juego de manos sobre el teclado creó texturas que dialogaban con la respiración de la audiencia y aportó un momento de cooperación entre los intérpretes. Por su parte, Puesto y convidado, para piano solo, propuso una de esas pausas necesarias que reorganizan la percepción del conjunto. La obra de Ernán López-Nussa, interpretada por Álvaro Pérez, con su lúcido guiño al imaginario del cine mudo de los años veinte, suspendió por un instante el impulso de la noche para centrar la escucha en la dimensión narrativa del instrumento.
A esa misma constelación de tempos moderados y afectos nostálgicos se integraron Cubanita —obra de Aldo López-Gavilán, concebida originalmente para piano solo como ejercicio académico para su hija Andrea— y Cinema Paradiso, el célebre tema de Ennio Morricone que acompaña a la película italiana homónima de Giuseppe Tornatore. En Cubanita, la obra escrita por un padre para su hija encontró su espejo en la escena justo en las manos de Paola Abreu al piano y su padre Janio en el saxofón. Mientras que en Cinema Paradiso asistimos a la relectura de la referencia cinematográfica y su célebre banda sonora, enriquecida por el vibráfono a cargo del joven Elías Alexander Ferrer.
Un punto de inflexión se produjo con Caminemos, de Félix de Jesús Matos, única obra del programa que incorporó la voz. Su presencia activó una frontalidad distinta, reinstalando la música en su dimensión comunicativa más directa. Desde allí, el concierto retomaba el pulso con obras de elevada complejidad técnica donde el protagonismo individual emergió dentro de una lógica de interpretación compartida, con momentos de especial lucidez pianística, como el asumido por Ronny Yunior López en Tumbao pal Benny.
El concierto, alejado de toda rigidez historiográfica, patentó además su compromiso con el patrimonio musical cubano citando a Alberto Socarrás, quien fuera el primer músico en la historia del latin jazz en grabar un solo de flauta. De Socarrás se escucharon esa noche sus versiones de Caravan —el famoso standard compuesto en 1936 por Juan Tizol y Duke Ellington— y You and I, ambas transcritas por el propio Abreu. En Caravan, Alessa Blanco Bencomo (flauta) y Vismar Suárez (saxofón) no solo demostraron el dominio en su ejecución sino la madurez interpretativa suficiente para navegar por la arquitectura rítmico-expresiva que entraña esta obra. Mientras que el flautista Darío Cuba, con plena conciencia de su lugar en ese linaje, tocó su instrumento con la responsabilidad de sostener una tradición viva.
En ese entramado, en el que la escena se revela como el sitio donde circula y se acumula el saber musical, Dale un chance fue la obra elegida para cerrar el concierto, precisamente con la participación de todos los músicos. Más que un cierre enfático, la pieza funcionó como un espacio de reunión en el que se dieron cita las individualidades, y en ese diálogo colectivo se manifiesta una verdad: ¿qué es, en última instancia, la música cubana, sino un regreso constante a los orígenes? No un retorno nostálgico, sino volver para reescribir, para actualizar, para hacer lugar a nuevas voces. En ese umbral se inscribe este concierto, en el cual los padres, los maestros y los gestores del evento integrados en la misma atmósfera, corroboraron que el desarrollo del artista joven no es un acto solitario. El «talento mayor» se pone al servicio del «talento emergente», desde la generosidad de quien sabe que la música solo trasciende si se entrega con afecto.
La Habana, febrero de 2026

























