Marcos Madrigal y el Lyceum Mozartiano de La Habana: del virtuosismo a lo divino

Publicado el 22 de mayo de 2025

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22 de mayo de 2025

Por: Pedro Luis Landestoy Méndez
Fotos: Helman Bejerano

Asistir a un concierto de Marcos Madrigal es presenciar el milagro de que diez dedos y ochenta y ocho teclas puedan contener el universo. Este prodigio cubano ofreció, en el Oratorio San Felipe Neri del Centro Histórico de La Habana Vieja, una tarde que trascendió lo musical para rozar lo místico. Acompañado por la Orquesta del Lyceum Mozartiano de La Habana, que dirigida con una precisión visionaria por José A. Méndez sigue confirmando su reinado en el panorama sinfónico cubano, Madrigal desplegó un programa donde la maestría interpretativa fue solo el medio para una comunión espiritual con el público.

Todo comenzó con el «Concierto para piano n. 2 en sol menor» de Saint-Saëns, compositor algo pretencioso y snob que, sin embargo, esa tarde encontró en Madrigal a su redentor. Donde el francés vacila entre el barroquismo impostado y el efectismo ligero, el cubano tejió un discurso unificado. El primer movimiento, con su intro solemne, fue transformado: los arpegios iniciales, a menudo mecánicos, resonaron como una plegaria íntima, mientras el diálogo con la orquesta adquirió una tensión dramática sin igual. En el «Allegro scherzando», Madrigal desató escalas relampagueantes, pero siempre con un guiño de elegancia auténtica. El «Presto» final, esa tarantela desenfrenada, fue un huracán controlado: los saltos de registro, el ritmo vertiginoso, todo fluyó con una naturalidad que convirtió el virtuosismo en poesía. La orquesta fue mucho más que una fiel acompañante; mitigó la incoherencia estilística con un sonido aterciopelado en las cuerdas y trompas juguetonas que casi justificaron la ligereza del «Scherzo».  

Si en “Saint-Saëns” hubo redención, en el «Capricho Español» de Rimski-Kórsakov hubo revelación. La Orquesta del Lyceum Mozartiano desató una paleta de emociones que hizo olvidar el origen ruso de la obra para abrazar su alma ibérica latente. Las cuerdas, lideradas por una magnífica primer violín que bordó cada glissando con fuego andaluz, tejieron la «Alborada» con una energía solar, mientras las maderas —en especial el clarinete y la flauta— dibujaron el misterio de la «Scena e canto gitano» con susurros seductores. La percusión española, con castañuelas y pandereta, no se limitó al folclorismo: fue el corazón que marcó el compás de una fiesta popular, donde hasta los pasajes más épicos (el clímax del «Fandango asturiano») conservaron un aire de frescura habanera. Méndez, batuta en mano, fue un alquimista: convirtió cada cambio de tempo en un suspiro colectivo.  

La «Rapsodia sobre un tema de Paganini» fue la cumbre. Aquí, Madrigal ya no era intérprete, sino oráculo. En las variaciones oscuras (1-3, 7-9), su piano fue un relámpago en la tormenta, con staccatos que cortaban el aire como saetas de fuego. Pero al llegar a la variación 18, esa inversión del tema que Rajmáninov convierte en un lamento del alma, el tiempo se detuvo. Las cuerdas de la orquesta envolvieron el tema como un manto, mientras Madrigal desplegó un cantabile tan desgarrador que hasta el silencio entre notas parecía gritar. El frenesí final (variación 24) fue una liberación: no solo un despliegue técnico impecable, sino una absolución de lo mundano. El piano y la orquesta, fundidos en un torbellino, dejaron al público sin aliento.  

Cuando ya parecía que no se podía llegar a más y como respuesta a la ovación eufórica de la sala en pie, Madrigal regaló un encore que representó un susurro de belleza: el arreglo romántico de Siloti al «Preludio en mi menor» de Bach. Donde horas antes resonaron acordes titánicos, ahora solo hubo un piano desnudo, un diálogo entre el bajo profundo y una melodía aguda quebrada por rubatoscasi imperceptibles. Madrigal, inclinado sobre el teclado, transformó cada nota en una confesión íntima. El público, en éxtasis minutos antes, contuvo la respiración: hasta el roce de una página cayendo al suelo sonó hereje. Al desvanecerse el último acorde, un silencio sagrado precedió al aplauso final. Fue el contraste perfecto: la belleza mínima, frágil, como recordatorio de que la verdadera maestría no necesita volumen para conmover.  

Marcos Madrigal y el Lyceum Mozartiano no ofrecieron un concierto, sino una ceremonia. En una ciudad donde la escasez acecha hasta el arte, demostraron que la excelencia no se negocia: se cultiva con rigor, se entrega con pasión. Saint-Saëns, Rimski, Rajmáninov y Bach —un cuarteto de épocas y estilos— fueron solo pretextos para recordarnos que la música, cuando se eleva por encima de lo terrenal, es el lenguaje más puro de lo divino. El Oratorio, testigo de siglos, acogió este milagro con sus bóvedas de aristas: otra tarde en que La Habana, contra todo pronóstico, sigue siendo capital de lo imposible.

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